Por fin algo de tranquilidad
Hoy he hecho un par de cosas sin premeditación pero con alevosía que han tenído resultados distintos:
Por la primera me estoy tirando de los pelos y dudo si algún día me perdonaré: no he ido al concierto de Marlango. Sí, lo sé, yo opino lo mismo de mí, qué le voy a hacer. Intentaré defenderme alegando que no lo sabía, que me lo han comentado un par de amigos que se iban a quedar en la biblioteca cuando estaba a punto de comenzar. Les he pedido que, ya que yo sola no iba a ir, me demostraran que era lo correcto. Como no hay manera de conseguir eso, me he lanzado al segundo acto del día, mucho más gratificante, eso sí.
Me he pasado por el despecho de Acoseitor aún sabiendo que no iba a estar y después he hablado con él: Anda, vente a mi casa y te invito a un tecito. Pues para allá que voy. Nos hemos bacilado lo justo, hemos hablado claramente, me ha contado sus penas y me ha invitado a cenar. Sacando un filete de salmón y otro de ternera del congelador: ¿Qué prefieres? Esto... pues... me da igual. Ains, si es que cuando no tengo que esquivar lo tejazos estoy muy cómoda con él.
Un par de abrazos sin lengua más tarde, bajaba hacia el metro pensando que hacía tiempo que no hablaba con nadie de Cefe, mucho menos tan calmada. Pero sé que cada día me queda un día menos para el momento que sea improrrogable enfrentarme a ella, y eso me agobia. Al menos esta noche, he estado muy agusto. Si no fuera por la tonelada de cebolla que me he tenido que comer... bueno, nadie es perfecto...



