Asesinato en Viperina
¿Alguna vez habéis tendido una lavadora a las 2 de la mañana de un sábado al llegar a casa? Ahí fue cuando me di cuenta de que ese día había sido bastante atípico.
Me levanté a las seis de la tarde, cinco horas después de ignorar al despertador, tan sólo porque el Ingeniero me llamó a casa. Llega a marcar el móvil y aún sigo en la cama. Entre unas cosas y otras comí a las siete -de ahí que hasta las tres no cenara y mi merienda fuera a base de mojitos y cervezas- y me fui corriendo para Callao porque habíamos quedado muy pronto, no sin antes acaecerme una de las cosas más lamentables -sí, incluso más que cuando me pillé un dedo con la mampara de la ducha: después de vestirme y maquillarme me doy cuenta de que he olvidado lavarme los dientes, no hay problema, aún tengo unos minutos antes de tener que irme, así que cojo el cepillo y.. ¿qué ocurre? Que mi gran precisión de movimientos se compinchó con la alineación planetaria del sistema vegano en el momento de la explosión del quásar E320 y acabé con media cara llena de pasta de dientes. Miro mi reflejo en el espejo, flipando en 256 colores y me da un ataque de risa. Por fin procedo a arreglar el desaguisado e intentar que toda mi cara tenga el mismo tono mientras me pregunto quién cojones me mandaría arregalrme ese día.
El resto de la noche fue más normal, me tocó un plasta en el metro que entre estupidez y estupidez me iba informando de la parada en la que estábamos -sí, tío, ya sé que esto es Lago, no estoy ni ciega ni sorda aunque ahora mismo me estén entrando ganas de arrancarme los ojos y los oídos-, el camarero del mejicano en un alarde de inteligencia decidió ponernos dos mojitos más en lugar de cobrarnos -fuimos buenos y se lo dijimos, aunque estuve tentada de berbérmelo con toda la paz- y fui asesinada con la mirada alrededor de ochocientas cincuenta y siete veces, vez arriba, vez abajo, llegó un momento en que me aburrí de contarlas. No sabía que presentarme en el Viperina con el Ingeniero fuera tan peligroso, el próximo día recordaré llevarme la Magnum del 45. Y sus pseudoamigos eran tan simpáticos que no se molestaron ni en decirme hola al saludarme y salieron corriendo en menos de media hora; menos mal que al poco llegaron dos amigos de los de verdad y me estuve riendo un rato.
Sí, llegué a las dos y pico, pero para no perder las buenas costumbres me acosté después de ver amanecer. Me río yo de la influencia del momento del día en los biorritmos, dame una cajita de Astonín Merk y Cronos temblará.


