Coffee at Waterville
Hoy debo estar de suerte. No, no he terminado ni la práctica de los 3600 datos ni los malditos triángulos en C++, sino que he encontrado trescientas y pico fotos de Eire que no había visto hasta ahora -no, tampoco he arregaldo la lectora de cd, y mira que lo he intentado. Muchas son muy parecidas a las mías pero hay algunas tan cojonudas que me he puesto ñoña y he decidido obsequiaron con algunas batallitas, aka Las Historias de la Srta. Ann.
Al entrar en el famoso cojo-café de Waterville nos recibió un chuchete monísimo, de esos que en cuanto se descuida su dueño -un irlandés majísimo con unos ojos tan azules que parecía tomar melange, que no estuvo enseñando algo de gaélico- se escapan corriendo para jugar con el primero que encuentra -nosotras. Yo me emocioné tanto con el animalico que la mitad de las broncas fueron para él y la otra, para mí; no puedo evitarlo, en cuanto un bicho me habla y me intenta morder, yo le contesto y juego también a morderle. ¡Y lo bien que me lo paso! Debe ser algún tipo de trauma infantil, proque me he descubierto imitando hasta a las gaviotas; éstas alucinaban conmigo...

El tipo se sentó a hablar con nosotras hasta que vimos que estaba anocheciendo y tuvimos que irnos. Durante ese tiempo descubrimos que no existe una canción de cumpleaños feliz en gaélico -In a family there were 18 or 20 children so it wasn't happy- y que hay alguien fuera de nuestra facultad que piensa como nosotras: What do you study? Physics... I know, we're crazy. Well, creazy is good. Y zanjado. Nos contó algo de historia -I have one question. Just one? I could answer you thousands... tras una larga disertación sobre Brigitte's Cross (o Brigid's Cross)... Maybe we wouldn't have time for thousands- y entre mordiscos e historias de cuando estuvo en España antres de nacer nosotras, el pantalón de Belén decidió que no había tenido suficiente con el café de media mañana y se tomó un trago de té. Así estuvo toda la noche, danzando hiperactivo.

Ahora que lo pienso, la cantidad de inteligencia por unidad de volumen parece ser constante en todo momento, porque esa noche, si los vaqueron estuvieron despiertos, nosotras al meternos en la cama del albergue perdido por el monte -Templenoe- nos dimos cuenta de la cantidad de estrellas que se veían por la clarabolla y nos levantamos sin salir de los sacos. Ahí empezó lo bueno, tres presentes o futuras estudiantes de Astrofísica mirando las estrellas con la boca abierta como si nunca hubiéramos salido de la ciudad, incapaces de encontrar ni una maldita constelación, dando saltitos dentro de los sacos como si fuera una de esas carreras de campamento y la frase final de ¡Hala! ¡Mira! ¡Por ahí hay más!
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